El Papa aprueba la Orden de Nuestra Señora

Conseguido el favor del arzobispo de Burdeos, toda la solicitud de Juana de Lestonnac se orientó hacia Roma. No bastaba, dado el carácter de orden monástica que se pretendía, la aprobación diocesana sino que, según lo establecido en el IV Concilio de Letrán, 1215, era necesaria la aprobación pontificia.
Ciertamente no eran aquellos tiempos los más favorables para llevar adelante tan ambicioso proyecto. Había de temerse, y no sin razón dada sus audaces innovaciones, un rechazo por parte del papa. Urgía, por lo tanto, encontrar un emisario capaz de poner fuego y entusiasmo en la empresa y que al mismo tiempo tuviese la habilidad y firmeza que el asunto exigía.
La elección recayó en el canónigo de la iglesia metropolitana, Pedro Moysset, cura párroco de Santa Colombe, no muy distante de la residencia de la familia Lestonnac. Sin duda alguna, una estrecha amistad le unía a la baronesa, quien encontró siempre en él un eficaz y fiel colaborador. El señor Moysset reunía todas las cualidades requeridas para su importante misión: elocuencia viva e insinuante; gran prudencia y un trato exquisito que le ganaba el favor de la gente; miembro, por algún tiempo de la Compañía de Jesús, conservó siempre hacia los padres jesuitas un gran afecto y gratitud. El señor Moysset estaba, pues, capacitado como ningún otro para comprender el genuino espíritu de la nueva Orden y para captarse también la benevolencia y confianza de los jesuitas de Roma. Prueba del celo con el que había aceptado la comisión y también de la amistad que le unía a la baronesa es el absoluto desinterés con que procedió en este asunto, pues años más tarde “continuaba todavía por el único compromiso de la caridad prestando buenos servicios a la comunidad a la que había atendido con tanto acierto”.

Placa de la calle de Santa Colombe, donde se encontraba la parroquia del señor Moisset, desaparecida durante la Revolución francesa.
Fuente: www.bordeauxphotopassion.fr/

La elección de la baronesa satisfizo al cardenal de Sourdis y como muestra de su estima e interés por este asunto honró al señor Moysset con el título de representante suyo ante la Santa Sede, haciéndole entrega de la Fórmula elaborada bajo su dirección, acompañada de su Aprobación, donde daba a conocer al santo padre la necesidad y urgencia del nuevo instituto religioso.
A esta delegación del prelado unió la fundadora la suya propia: una Súplica al santo padre en la que precisaba el fin y la esencia del nuevo instituto y las reglas tomadas de la Compañía de Jesús y algunas otras indicaciones que debían servir de orientación a su emisario. Añadió también varias cartas de recomendación de personas destacadas de la sociedad bordelesa, entre ellas la del mariscal d’Ornano, gobernador de la Guyena y alcalde de la ciudad, llena de elogios de la señora de Lestonnac, a la cual veneraba como santa. No menos eficaz fue la recomendación del padre Bordes a cuya intervención se atribuye, explícitamente, el rápido y feliz éxito de la aprobación pontificia.

Escultura orante de Alfonso d’Ornano (1581-1626), obra de Bartolomé Tremblay hacia 1610. El mariscal aparece revestido con la capa de la Orden del Espíritu Santo, una de las más prestigiosas de la monarquía francesa.
Fuente: www.musee-aquitaine-bordeaux.fr/

Una nueva y providencial circunstancia debió ciertamente influir en la rapidez con la
que se actuó en Burdeos. El señor Moysset había sido comisionado el año anterior para depositar en Loreto el exvoto que ofreció la ciudad a la Virgen María por haber cesado la epidemia de peste que había diezmado la ciudad. Por una carta enviada por Moysset al jesuita Rouelle tenemos constancia de su partida de Burdeos el 28 de agosto de este año de 1606, deteniéndose en Loreto, en donde presentó el exvoto el 13 de octubre, festividad de san Dionisio, apóstol de Francia. De esta carta se deduce que Moysset no pudo empezar las negociaciones hasta pasada la segunda quincena de dicho mes o primeros días de noviembre.

La Santa Casa de Loreto, fotografiada por Giacomoni Raffaele.
Fuente: commons.wikimedia.org/

El señor Moysset llegó a Roma a mediados de octubre y visitó a los cardenales Roberto Belarmino y César Baronio, de quienes fue muy bien recibido. Enteraron al papa del asunto en cuestión y obtuvieron de su santidad una audiencia particular para el delegado de Burdeos.
Ocupaba, en aquel entonces, la cátedra de San Pedro, el papa Paulo V quien solamente hacía un año había sido elevado a la dignidad pontificia. El papa Borghese se distinguirá a lo largo de todo su pontificado por su firmeza invencible en defender los derechos de la Iglesia y por su celo en promover la recristianización de la sociedad. Su interés en el examen del instituto de la Orden de Nuestra Señora es precisamente uno de los más sólidos argumentos que podemos alegar a favor de este celo y de la amplitud de miras con que procedió en la solución de uno de los problemas de mayor urgencia en la Iglesia en Francia: la educación cristiana de la juventud femenina.

El papa Paulo V, según óleo atribuido a Caravaggio.
Fuente: Wikipedia

El papa acogió benévolo al delegado Moysset y concedió la aprobación y confirmación que se le pedía, pero quiso que un asunto tan importante se tratase con el aplomo que la Iglesia acostumbra proceder en casos semejantes. Siete meses ocuparon en examinar cuidadosamente el proyecto del Instituto y no se encontró cosa que no fuese digna de alabar y muy santa. Prueba de la solicitud del papa por la Orden fue que, antes de conceder su aprobación, quiso de nuevo revisar el breve de aprobación hasta llegar a corregir de su propia mano una imprecisión del artículo 14, aquel en el que se determinaba que el hábito de las religiosas fuera negro. El santo padre tachó el dicho color y escribió al margen “coloris ordinis eligendi” (es decir, del color de la orden elegida). Pequeña corrección que en su simplicidad habla elocuentemente de la solicitud paternal de Paulo V en la aprobación de la Orden de Nuestra Señora.

El documento con la corrección al margen hecha por el papa Paulo V, tal y como se conserva en el Archivo Secreto Vaticano.
Fuente: Archivo ONS Talavera

El día 7 de abril del año 1607 Paulo V expidió el breve Salvatoris et Domini con el que confirmaba el nuevo instituto. Grande fue el gozo que tuvo su santidad al ver efectuada en sus días esta grande obra, tal y como dijo al señor Moysset: “Ahora sí que moriré contento, siempre que el Señor me llamare, después de haber confirmado una orden que tiene por blanco la salvación de las almas y que debe conservar en la Iglesia la pureza de la fe y de las buenas costumbres”.
Mientras en Roma se gestionaba la fundación, la señora Lestonnac y sus compañeras no cesaban de rogar a Dios, pues, por las dificultades de comunicación en aquella época, pasaron muchas semanas antes que el arzobispo de Burdeos recibiese oficialmente el breve de aprobación del pontífice. Un día que Juana de Lestonnac estaba en oración, se le apareció el evangelista san Juan, rodeado de resplandores, y con voz inteligible, le dijo: “Gózate, que hoy se ha confirmado en Roma la Orden de las Hijas de Nuestra Señora, a mayor gloria de Dios, obsequio de la Reina de las Vírgenes y salvación de muchas almas”. Estas palabras la dejaron con tanta seguridad del suceso que en adelante hablaba de la fundación como de cosa hecha y las noticias que luego se recibieron certificaron la verdad de la revelación.
Según el testimonio del secretario del cardenal, el señor Moysset no regresó a Burdeos hasta principios del año 1608, llevando consigo la noticia de la aprobación pontificia del Instituto de Nuestra Señora y las cartas que Paulo V dirigió al cardenal de Sourdis, quien, en calidad de comisario apostólico, debía proceder a la ejecución de dicho breve.
El breve de Paulo V daba facultad al cardenal de Sourdis para escoger una orden de las antiguas y agregar a ella el nuevo instituto, aunque queriendo que tuviesen reglas y constituciones particulares y solo tomasen de la orden que eligiese el hábito y profesión religiosa y gozasen de todas sus gracias y privilegios.
En virtud de esas facultades, escogió el cardenal la Orden de San Benito, con el beneplácito de la señora de Lestonnac y de sus compañeras. La nueva Orden podría haber sido agregada a la Compañía de Jesús, sobre la que había sido modelada, tal como explícitamente lo afirma la misma fundadora en una carta dirigida a un padre de la dicha Compañía el 9 de febrero de 1610: “La aprobación de su santidad recomienda que nos unamos a una orden ya aprobada, para gozar de sus mismos derechos y privilegios. Nos confirma el nombre de religiosas de Nuestra Señora y también el hábito y las Reglas. En una palabra, es nuestro instituto, excepto la clausura, igual a la Compañía de Jesús, en cuanto nuestro sexo puede observar. Para no molestar ni incomodar a vuestra Compañía y por otras buenas razones, hemos escogido la Orden de San Benito”.
Esta agregación data del 29 enero del año 1608. Con este acto confirió a la Orden de Hijas de Nuestra Señora el derecho de tomar el color negro del hábito de la orden benedictina, pero formando una orden independiente, sujeta únicamente a la Santa Sede y a la jurisdicción inmediata de los obispos diocesanos.

Escultura de santa Juana de Lestonnac con las Reglas, que se venera en la iglesia de San Eloy, en Burdeos.
Fuente: Archivo ONS Talavera

También podría gustarte...